Pero en el momento en que la risa se dirigía hacia él, estallaba en una furia terrible. Grave, digno, sombrío, una carcajada lo volvía frenético hasta el ridículo. Le indignaba y alteraba tanto que durante horas se comportaba como un demonio. Y ¡ay del perro que en tales momentos se cruzara en su camino! Conocía demasiado bien la ley como para desquitarse con Castor Gris; detrás de Castor Gris había un garrote y la divinidad. Pero detrás de los perros no había más que espacio, y a ese espacio salían volando cuando Colmillo Blanco entraba en escena, enloquecido por la risa.
En el tercer año de su vida sobrevino una gran hambruna a los indios mackenzie.
- En verano faltaron los peces.
- En invierno el caribú abandonó su ruta habitual.
- Los alces escaseaban, los conejos casi desaparecieron y los animales de caza y presa perecieron.
Privados de su fuente habitual de alimento, debilitados por el hambre, cayeron los unos sobre los otros y se devoraron mutuamente. Solo los fuertes sobrevivieron.
Los dioses de Colmillo Blanco eran siempre animales cazadores. Los viejos y los débiles de entre ellos murieron de hambre. Hubo lamentos en la aldea, donde las mujeres y los niños se privaban de alimento para que lo poco que tenían fuera a parar a los vientres de los cazadores flacos y de ojos hundidos que recorrían el bosque en vano en busca de carne.
A tal extremo se vieron llevados los dioses que se comieron el cuero curtido de sus mocasines y manoplas, mientras que los perros se comieron los arneses de sus lomos y hasta los látigos. * Además, los perros se comieron unos a otros, y también los dioses se comieron a los