dispersado, regresaba lentamente al fuerte, con el rostro abrumado por el remordimiento. A veces, cuando algún blando perro sureño caía, lanzando chillidos de muerte bajo los colmillos de la jauría, este hombre era incapaz de contenerse, y saltaba en el aire y gritaba de júbilo. Y siempre posaba una mirada aguda y codiciosa sobre Colmillo Blanco.
Este hombre era llamado «Belleza» por los demás hombres del fuerte. Nadie conocía su nombre de pila, y en general se le conocía en la región como Belleza Smith. Pero era todo menos una belleza. Su nombre se debía a la antítesis. Era eminentemente poco apuesto. La naturaleza había sido mezquina con él.
Para empezar, era un hombre pequeño; y sobre su escuálida osamenta se asentaba una cabeza aún más llamativamente escuálida. Su cúspide podría compararse con una punta. De hecho, en su infancia, antes de que sus compañeros lo llamaran Belleza, lo habían llamado «Cabeza de Alfiler».
Hacia atrás, desde el vértice, su cabeza se inclinaba hacia el cuello y hacia delante lo hacía de manera inflexible para encontrarse con una frente baja y extraordinariamente ancha.
Comenzando desde aquí, como si se arrepintiera de su mezquindad, la naturaleza había distribuido sus rasgos con mano generosa. Sus ojos eran grandes, y entre ellos había la distancia de dos ojos. Su rostro, en relación con el resto de su persona, era prodigioso.
Para encontrar la superficie necesaria, la naturaleza le había dado una mandíbula prognata descomunal. Era ancha y pesada, y sobresalía hacia fuera y hacia abajo hasta que parecía apoyarse en su pecho. Posiblemente esta apariencia se debía al cansancio del esbelto cuello, incapaz de sostener debidamente tan gran carga.