suavidad caminaba Colmillo Blanco, pues no llevaba ropa que rozara la carne de su cuerpo. Lo siguió en silencio. En la Salvajura había cazado carne viva infinitamente tímida y conocía la ventaja de la sorpresa.
El dios extraño se detuvo al pie de la gran escalinata y escuchó, y Colmillo Blanco estaba como muerto, tan sin movimiento permanecía mientras vigilaba y esperaba.
Por aquella escalinata el camino conducía al amo de amor y a las posesiones más queridas del amo de amor. Colmillo Blanco erizó el pelo, pero esperó. El pie del dios extraño se levantó. Estaba comenzando el ascenso.
Fue entonces cuando Colmillo Blanco atacó. No dio ninguna advertencia, ningún gruñido anticipó su propia acción. Elevó su cuerpo en el aire con un salto que lo hizo aterrizar en la espalda del dios extraño. Colmillo Blanco se aferró con las patas delanteras a los hombros del hombre, mientras al mismo tiempo enterraba sus colmillos en la nuca de este.
Se mantuvo aferrado por un instante, el tiempo suficiente para derribar al dios hacia atrás. Juntos cayeron estrepitosamente al suelo. Colmillo Blanco dio un salto para apartarse y, mientras el hombre luchaba por levantarse, volvió a la carga con los colmillos desgarradores.
Sierra Vista despertó alarmada. El ruido procedente de abajo era como el de una veintena de demonios en combate. Hubo disparos de revólver. La voz de un hombre gritó una vez con horror y angustia. Se escuchó un gran gruñido y un rugido, y por encima de todo se alzaba un estrépito y estruendo de muebles y cristales rotos.
Pero casi tan pronto como había surgido, el tumulto se apagó. La lucha no había durado más de tres minutos. La aterrorizada servidumbre se