Ante todo, tuvo que aprender la familia del amo. En cierto modo estaba preparado para ello. Así como Mit-sah y Kloo-kooch habían pertenecido al Castor Gris, compartiendo su comida, su fuego y sus mantas, así ahora, en Sierra Vista, todos los habitantes de la casa pertenecían al amo del amor.
Pero en este asunto había una diferencia, y muchas diferencias. Sierra Vista era un asunto mucho más vasto que el teepee de Castor Gris.
Había muchas personas a las que tener en cuenta. Estaba el juez Scott y estaba su mujer. Estaban las dos hermanas del amo, Beth y Mary. Estaba su esposa, Alice, y luego estaban sus hijos, Weedon y Maud, unos críos de cuatro y seis años.
No había forma de que nadie le hablara de todas estas personas, y de los lazos de sangre y el parentesco no sabía absolutamente nada ni jamás sería capaz de saberlo. Aun así, pronto dedujo que todos ellos pertenecían al amo.
Luego, mediante la observación, siempre que se presentaba la oportunidad, mediante el estudio de la acción, el habla y las mismísimas entonaciones de la voz, fue aprendiendo lentamente la intimidad y el grado de favor de que disfrutaban con el amo. Y según este patrón comprobado, Colmillo Blanco los trataba en consecuencia.
Lo que era valioso para el amo, él lo valoraba; lo que era querido por el amo debía ser estimado por Colmillo Blanco y guardado con cuidado.
Así ocurría con los dos niños. Toda su vida le habían desagradado los niños. Odiaba y temía sus manos. No eran tiernas las lecciones que había aprendido sobre la tiranía y la crueldad de estos en los días de las aldeas indias. Cuando Weedon y Maud se le habían acercado por primera vez, él gruñó de manera