Le impresionaron por poseer un poder superior, y es en el poder donde descansa la divinidad. Colmillo Blanco no lo dedujo racionalmente, no hizo en su mente la tajante generalización de que los dioses blancos fueran más poderosos. Era un sentimiento, nada más, y sin embargo no por ello menos potente. Del mismo modo que, en su etapa de cachorro, las imponentes moles de los tipis, erigidas por el hombre, le habían afectado como manifestaciones de poder, así se vio afectado ahora por las casas y el enorme fuerte hechos de troncos macizos. Aquí había poder. Aquellos dioses blancos eran fuertes. Poseían un dominio mayor sobre la materia que los dioses que había conocido, entre los cuales el más poderoso era Castor Gris. Y, sin embargo, Castor Gris era como un dios infantil entre estos de piel blanca.
A decir verdad, Colmillo Blanco solo sentía estas cosas. No era consciente de ellas.
Sin embargo, es a partir del sentimiento, más a menudo que del pensamiento, como actúan los animales; y cada acto que Colmillo Blanco realizaba ahora se basaba en el presentimiento de que los hombres blancos eran los dioses superiores.
En primer lugar, desconfiaba mucho de ellos. No se sabía qué terrores desconocidos poseían, qué daños imprevistos podían infligir. Tenía curiosidad por observarlos, y miedo de que ellos lo notaran.
Durante las primeras horas se conformó con rondarlos sigilosamente y observarlos desde una distancia prudente. Luego vio que ningún mal les ocurría a los perros que estaban cerca de ellos, y se acercó más.
A su vez, él era objeto de gran curiosidad para ellos. Su aspecto de lobo llamó su atención de inmediato y se lo señalaban unos a otros. Este gesto