Cuando el vapor llegó a Dawson, Colmillo Blanco bajó a tierra. Pero aún llevaba una vida pública, en una jaula, rodeado de hombres curiosos. Lo exhibían como «el Lobo Luchador», y la gente pagaba cincuenta centavos en polvo de oro para verlo.
No le daban tregua. Si se acostaba a dormir, lo pinchaban con una vara afilada para que el público obtuviera lo que había pagado. Para hacer la exhibición más interesante, lo mantenían enfurecido la mayor parte del tiempo.
Pero peor que todo esto era la atmósfera en la que vivía. Se le consideraba la más temible de las fieras salvajes, y eso se le inculcaba a través de los barrotes de la jaula. Cada palabra, cada acción cautelosa por parte de los hombres le recordaba su propia ferocidad terrible. Era más leña añadida al fuego de su bravura.
Solo podía haber un resultado, y fue que su ferocidad se alimentó a sí misma y aumentó. Era otro ejemplo de la maleabilidad de su barro, de su capacidad para ser moldeado por la presión del entorno.
Además de estar expuesto al público, era un animal de pelea profesional. A intervalos irregulares, siempre que se podía organizar un combate, lo sacaban de su jaula y se lo llevaban a los bosques a pocas millas del pueblo. Por lo general, esto ocurría de noche, para evitar la intervención de la policía montada del Territorio.
Tras unas horas de espera, cuando ya había amanecido, llegaban el público y el perro contra el que iba a luchar. De este modo llegó a pelear contra perros de todos los tamaños y razas. Era una tierra salvaje, los hombres eran salvajes y las peleas solían ser a muerte.
Como Colmillo Blanco siguió luchando, es obvio que fueron los otros perros los que murieron. Él nunca conoció la derrota. Su entrenamiento temprano, cuando luchaba contra Lip-lip y toda la jauría de cachorros, le