White Fang endured it, keeping his eyes fixed suspiciously, not upon the man that patted him, but upon the man that stood in the doorway.
—Podrás ser un experto minero de primera, de los mejores, sí señor, sí señor —sentenció elargo-perros con tono oracular—, pero perdiste la oportunidad de tu vida cuando eras chaval y no te fugaste para unirte a un circo.
Colmillo Blanco gruñó al oír su voz, pero esta vez no se apartó de debajo de la mano que le acariciaba la cabeza y la nuca con largos y calmados movimientos.
Era el principio del fin para Colmillo Blanco: el fin de la vieja vida y del reinado del odio. Una vida nueva e incomprensiblemente más hermosa estaba amaneciendo.
Se necesitó mucha reflexión y una paciencia infinita por parte de Weedon Scott para lograrlo. Y por parte de Colmillo Blanco requirió nada menos que una revolución. Tuvo que ignorar los impulsos y estímulos del instinto y de la razón, desafiar la experiencia, desmentir a la vida misma.
La vida, tal como la había conocido, no solo no había tenido lugar en ella para mucho de lo que ahora hacía; sino que todas las corrientes habían ido en contra de aquellas a las que ahora se entregaba. En suma, sopesadas todas las cosas, tenía que lograr una orientación mucho más vasta que la que había alcanzado cuando vino voluntariamente de los Salvajes y aceptó a Castor Gris como su señor. Por entonces era un mero cachorro, tierno todavía, sin forma, listo para que el dedo de la circunstancia comenzara su labor en él. Pero ahora era diferente. El dedo de la circunstancia había hecho su trabajo demasiado bien. Por él había sido moldeado y endurecido hasta convertirse en el Lobo Luchador, feroz e implacable, incapaz de amar y de ser amado.