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nydus/White FangPublic
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V. El Pacto

Había algo en la fibra del ser de Colmillo Blanco que hacía que dicho señorío fuese algo deseable, de lo contrario no habría regresado de la Salvajina en el momento en que lo hizo para rendirle su lealtad. Había profundidades en su naturaleza que nunca habían sido sondeadas. Una palabra amable, el toque caritativo de una mano por parte de Castor Gris, podrían haber sondeado esas profundidades; pero Castor Gris no acariciaba ni pronunciaba palabras amables. No era su manera de ser. Su supremacía era salvaje, y de forma salvaje gobernaba, administrando justicia con un garrote, castigando las transgresiones con el dolor de un golpe y recompensando el mérito, no con amabilidad, sino omitiendo el golpe.

Así que Colmillo Blanco no sabía nada del cielo que la mano de un hombre podía reservarle.

Además, no le gustaban las manos de los animales-hombres. Desconfiaba de ellas. Era verdad que a veces daban carne, pero con más frecuencia daban dolor. Las manos eran cosas de las que había que mantenerse alejado. Arrojaban piedras, blandían palos, garrotes y látigos, propinaban bofetadas y golpes y, cuando lo tocaban, eran expertas en hacer daño con pellizcos, torceduras y tirones.

En poblados extraños se había topado con las manos de los niños y había aprendido que eran crueles para lastimar. Asimismo, una vez un bebé que apenas empezaba a caminar casi le saca un ojo. A partir de estas experiencias comenzó a desconfiar de todos los niños. No podía tolerarlos. Cuando se acercaban con sus manos amenazantes, se levantaba.

Fue en una aldea junto al Gran Lago del Esclavo donde, en el transcurso de su resentimiento por el mal recibido de manos de los hombres-bestia, llegó a modificar la ley que había aprendido de Castor Gris: a saber, que el crimen imperdonable era morder a uno de los dioses.

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