Además, estaba más directamente conectado con la Salvajina que ellos; y conocía mejor sus secretos y estratagemas. Una de sus tretas favoritas era borrar su rastro en agua corriente y luego tumbarse tranquilamente en un matorral cercano mientras sus gritos desconcertados resonaban a su alrededor.
Odiado por los de su especie y por la humanidad, indomable, constantemente combatido y librando él mismo un combate perpetuo, su desarrollo fue rápido y unilateral.
Este no era un terreno propicio para que florecieran la bondad y el afecto. De tales cosas no tenía ni el más tenue vislumbre. La ley que aprendió fue obedecer al fuerte y oprimir al débil.
Castor Gris era un dios y era fuerte. Por lo tanto, Colmillo Blanco le obedecía. Pero el perro más joven o más pequeño que él era débil, una criatura destinada a ser destruida.
Su desarrollo se orientó hacia el poder. Para hacer frente al peligro constante de sufrir daño y aun de ser destruido, sus facultades depredadoras y protectoras se desarrollaron desmesuradamente. Se volvió más ágil de movimientos que los otros perros, más veloz de patas, más astuto, más letal, más esbelto, más delgado, con músculos y tendones de hierro, más resistente, más cruel, más feroz y más inteligente.
Tenía que convertirse en todas estas cosas, de lo contrario no se habría mantenido firme ni habría sobrevivido al entorno hostil en el que se encontraba.