CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/White FangPublic
Página 81 de 287
Table of Contents

IV. El Muro del Mundo

Estas limitaciones y coacciones eran leyes. Ser obediente a ellas era escapar del daño y avanzar hacia la felicidad.

Él no razonaba la cuestión a la manera de los hombres. Se limitaba a clasificar las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y tras dicha clasificación, evitaba las cosas que dolían, las restricciones y las limitaciones, para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida.

Así fue como, obedeciendo la ley impuesta por su madre, y obedeciendo la ley de esa cosa desconocida e innombrada llamada miedo, se mantuvo alejado de la boca de la cueva. Esta seguía siendo para él una blanca muralla de luz.

Cuando su madre estaba ausente, dormía casi todo el tiempo, mientras que en los ratos que permanecía despierto se estaba muy quieto, reprimiendo los gemidos que le cosquilleaban en la garganta y luchaban por salir.

Una vez, desvelado, oyó un ruido extraño en la pared blanca.

No sabía que era un glotón, que estaba afuera, temblando por su propia audacia y olfateando con cautela el interior de la cueva.

El cachorro solo sabía que aquel olfateo era extraño, algo no clasificado, por ende desconocido y terrible; pues lo desconocido era uno de los principales ingredientes que componían el miedo.

El pelo se le erizó en el lomo al cachorro gris, pero se erizó en silencio. ¿Cómo iba a saber que aquello que olfateaba era algo ante lo cual debía erizarse? No nacía de ningún conocimiento suyo, sino que era la expresión visible del miedo que llevaba dentro y que, en su propia vida, no tenía explicación. Pero el miedo iba acompañado de otro instinto: el de la ocultación. El cachorro estaba presa de un pánico frenético, sin embargo, yacía sin

81