alejada de la boca de la cueva.
La fascinación de la luz sobre el osezno gris aumentaba de día en día. Constantemente emprendía aventuras de un metro de distancia hacia la entrada de la cueva, y constantemente era obligado a retroceder.
Solo que él no sabía que aquello era una entrada. No sabía nada de entradas —pasajes por los cuales se va de un lugar a otro—. No conocía ningún otro lugar, mucho menos un medio para llegar a él.
Así que para él la entrada de la cueva era un muro: un muro de luz. Tal como el sol era para el habitante del exterior, este muro era para él el sol de su mundo. Lo atraía como la vela a la polilla. Siempre se esforzaba por alcanzarlo.
La vida que crecía con tanta rapidez en su interior lo empujaba continuamente hacia el muro de luz. La vida que había en él sabía que era la única salida, el camino que estaba predestinado a transitar. Pero él mismo no sabía nada de aquello. No sabía que existiera un exterior en absoluto.