Más adelante, cuando hubiera viajado más, se hubiera vuelto más viejo y sabio, y hubiera llegado a saber más de senderos y ríos, cabría la posibilidad de que comprendiera y asimilara tal probabilidad. Pero esa facultad mental aún estaba en el futuro. Por ahora corría a ciegas, y solo su propia orilla del Mackenzie entraba en sus cálculos.
Toda la noche corrió, tropezando en la oscuridad con contratiempos y obstáculos que lo retrasaban pero no lo desanimaban.
A la mitad del segundo día llevaba ya treinta horas corriendo sin parar, y el hierro de su carne iba cediendo. Fue la resistencia de su mente la que lo mantuvo en marcha.
No había comido en cuarenta horas, y estaba débil de hambre. Las repetidas mojaduras en el agua helada también habían hecho mella en él.
- Su hermoso pelaje estaba deslucido y embarrado.
- Las anchas almohadillas de sus patas estaban magulladas y sangrantes.
- Había empezado a cojear, y esta cojera se acrecentaba con las horas.
Para empeorar las cosas, la luz del cielo se oscureció y comenzó a nevar —una nieve cruda, húmeda, derretida, pegajosa, resbaladiza bajo los pies, que le ocultaba el paisaje que atravesaba y cubría las irregularidades del terreno de modo que el andar de sus patas era más difícil y doloroso.
Grey Beaver había tenido la intención de acampar esa noche en la orilla opuesta del Mackenzie, pues era en esa dirección donde se encontraba la caza. Pero en la orilla cercana, poco antes del anochecer, un alce que bajaba a beber había sido avistado por Kloo-kooch, que era la mujer de Grey Beaver. Ahora bien, de no haber bajado el alce a beber, de no haberse desviado Mit-sah de su rumbo a causa de la nieve, de no haber avistado Kloo-kooch