corrió por su boca. Su sabor era bueno. Esto era carne, igual que la que le daba su madre, solo que estaba viva entre sus dientes y por lo tanto era mejor. Así que se comió la perdiz nival. Y no paró hasta devorar a toda la nidada. Luego se lambió los belfos exactamente igual que hacía su madre y empezó a salir a gatas del arbusto.
Se encontró con un torbellino de plumas. Estaba confundido y deslumbrado por la ráfaga y el batir de alas furiosas. Escondió la cabeza entre las patas y dio un aullido. Los golpes aumentaron. La madre perdiz nival estaba furiosa.
Entonces se enfadó. Se levantó, gruñendo, lanzando manotazos. Hundió sus diminutos dientes en una de las alas y tiró de ella con fuerza y empeño. La perdiz luchó contra él, propinándole una lluvia de golpes con el ala libre.
Era su primera batalla. Estaba exultante. Se olvidó por completo de lo desconocido. Ya no le temía a nada. Estaba luchando, desgarrando a un ser vivo que lo atacaba. Además, ese ser vivo era carne. El instinto de matar se había apoderado de él. Acababa de destruir pequeños seres vivos. Ahora destruiría a un gran ser vivo.
Estaba demasiado ocupado y feliz como para saber que era feliz. Estaba estremecido y exultante de maneras nuevas y más grandes para él que cualquiera que hubiera conocido antes.
Se aferró al ala y gruñó entre los dientes apretados. La perdiz nival lo arrastró fuera del arbusto. Cuando ella giró e intentó arrastrarlo de vuelta al refugio del arbusto, él la tiró hacia afuera, hacia el espacio abierto. Y durante todo ese tiempo ella lanzaba gritos y golpeaba con su ala libre, mientras las plumas volaban como una nevada. El grado de excitación al que había llegado era tremendo. Toda la sangre guerrera de su casta había