—Ya te han medio atrapado con solo hablar así —replicó Henry con aspereza—. Un hombre está medio vencido en cuanto dice que lo está. Y tú estás medio devorado por la forma en que sigues con el asunto.
—Se han librado de hombres mejores que tú y que yo —contestó Bill.
—Oh, cállate la boca con tus quejas. Me tienes hasta la coronilla.
Henry se volvió furioso hacia un lado, pero le sorprendió que Bill no mostrara un enfado similar. No era esa la manera de ser de Bill, pues las palabras ásperas lo irritaban con facilidad.
Henry lo pensó mucho antes de dormirse, y mientras sus párpados se cerraban pesadamente y se quedaba dormido, el pensamiento en su mente fue:
«No hay duda, Bill está terriblemente decaído. Mañana tendré que animarlo».