fauces de aquellos animales. Sus dos perros se mantuvieron muy cerca de él, uno a cada lado, recostados contra su cuerpo en busca de protección, llorando y gemiendo, y a veces gruñendo desesperados cuando algún lobo se acercaba un poco más de lo habitual. En tales momentos, cuando sus perros gruñían, todo el círculo se agitaba, los lobos se ponían en pie y avanzaban tanteando el terreno, mientras un coro de gruñidos y aullidos impacientes se alzaba a su alrededor. Entonces el círculo volvía a tumbarse, y aquí y allá algún lobo retomaba su sueño interrumpido.
Pero este círculo tendía continuamente a cerrarse sobre él. Poco a poco, centímetro a centímetro, con un lobo avanzando panza abajo por aquí y otro lobo avanzando panza abajo por allí, el círculo se estrechaba hasta que las bestias se encontraban casi a distancia de salto.
Entonces él agarraba tizones de la hoguera y los arrojaba a la jauría. El resultado era siempre una retirada apresurada, acompañada de aullidos de enfado y gruñidos de miedo cuando un tizón bien dirigido golpeaba y quemaba a algún animal demasiado atrevido.
La mañana encontró al hombre demacrado y exhausto, con los ojos muy abiertos por falta de sueño.
Cocinó el desayuno en la oscuridad y a las nueve, cuando, con la llegada de la luz del día, la manada de lobos se retiró, se puso manos a la obra con la tarea que había planeado durante las largas horas de la noche.
- Cortando árboles jóvenes, hizo con ellos los travesaños de un andamio atándolos a gran altura a los troncos de los árboles en pie.
- Usando las amarras del trineo como cuerda de izar, y con la ayuda de los perros, issó el ataúd hasta la cima del andamio.