Fue entonces cuando se oyó el grito de uno de los hombres. «¡Kiche!», fue lo que exclamó. Era una exclamación de sorpresa. El cachorro sintió que su madre se desvanecía al oírlo.
—¡Kiche! —gritó el hombre de nuevo, esta vez con agudeza y autoridad.
Y entonces el cachorro vio a su madre, la loba, la intrépida, agachada hasta que su vientre rozaba el suelo, gimiendo, meneando la cola, haciendo gestos de paz.
El cachorro no podía comprender. Estaba consternado. El pavor al hombre lo invadió de nuevo. Su instinto había sido fiel. Su condición lo corroboraba. Ella también se rendía ante los hombres-animales.
El hombre que había hablado se acercó a ella. Le puso una mano sobre la cabeza, y ella solo se acurrucó más. No chasqueó los dientes ni amenazó con hacerlo.
Los otros hombres se acercaron, la rodearon, la palparon y la manosearon, acciones ante las cuales ella no hizo ningún intento de resistencia. Estaban muy excitados y hacían muchos ruidos con la boca.
Estos ruidos no eran indicio de peligro, decidió el cachorro, mientras se acurrucaba cerca de su madre, todavía erizado de vez en cuando, pero haciendo todo lo posible por someterse.
—No es extraño —decía un indio—. Su padre era un lobo. Es verdad que su madre era una perra, ¿pero acaso mi hermano no la ató en el bosque durante tres noches enteras en la época de celo? Por lo tanto, el padre de Kiche era un lobo.
—Hace un año, Castor Gris, que ella se escapó —habló un segundo indio.
—No es extraño, Lengua de Salmón —respondió Castor Gris—. Era la época de la hambruna y no había carne para los perros.