Weedon Scott, leyendo la carta allá abajo en Circle City, dio con lo siguiente:
«Ese maldito lobo no quiere trabajar. No come. Ya no le queda energía. Todos los perros lo están lambiendo. Quiere saber qué ha sido de ti, y yo no sé cómo explicárselo. A lo mejor se va a morir».
Era como Matt había dicho. Colmillo Blanco había dejado de comer, había perdido el ánimo y permitía que todos los perros del trineo lo vapulearan.
En la cabaña yacía en el suelo, cerca de la estufa, sin mostrar interés por la comida, por Matt ni por la vida. Matt podía hablarle con suavidad o maldecirlo, le daba igual; lo más que hacía era dirigir sus apagados ojos hacia el hombre, para luego dejar caer la cabeza de nuevo en su postura habitual sobre sus patas delanteras.
Y entonces, una noche, Matt, que leía para sí mismo con labios móviles y sonidos inarticulados, se vio sobresaltado por un pequeño gemido de Colmillo Blanco.
Se había puesto en pie, con las orejas atentas hacia la puerta, y escuchaba con intensidad.
Un momento después, Matt oyó unos pasos. La puerta se abrió y Weedon Scott entró. Los dos hombres se dieron la mano. Luego Scott miró alrededor de la habitación.
—¿Dónde está el lobo? —preguntó él.
Entonces lo descubrió, de pie donde había estado echado, cerca de la estufa. No se había abalanzado al modo de los otros perros. Estaba allí, observando y esperando.
—¡Santo cielo! —exclamó Matt—. ¡Mira cómo menea la cola!