mismo. La vida se le había convertido en un infierno. No había sido hecho para el encierro agobiante que las bestias salvajes soportan a manos de los hombres. Y, sin embargo, era exactamente así como lo trataban. Los hombres lo contemplaban fijamente, le metían palos entre los barrotes para hacerlo gruñir y luego se reían de
Eran su entorno, estos hombres, y estaban moldeando su arcilla para convertirlo en algo más feroz de lo que la Naturaleza había previsto.
Sin embargo, la Naturaleza le había otorgado plasticidad. Donde cualquier otro animal habría muerto o visto su espíritu quebrado, él se adaptaba y vivía, sin menoscabo del espíritu.
Posiblemente Beauty Smith, archidemonio y atormentador, era capaz de quebrantar el espíritu de Colmillo Blanco, pero hasta el momento no había indicios de que lo estuviera logrando.
Si Beauty Smith llevaba un demonio dentro, Colmillo Blanco tenía otro; y ambos bramaban el uno contra el otro sin cesar.
En los días anteriores, Colmillo Blanco había tenido la sensatez de acobardarse y someterse a un hombre con un garrote en la mano; pero esa sensatez lo abandonó ahora.
La mera vista de Beauty Smith bastaba para precipitarlo en arrebatos de furia. Y cuando se encontraban cara a cara, y el garrote lo hacía retroceder a golpes, él seguía gruñiendo, enseñando los dientes y emitiendo chasquidos amenazantes.
Jamás se le pudo arrancar el último gruñido. Por muy terribles que fueran los golpes que recibía, siempre le quedaba otro gruñido; y cuando Beauty Smith se daba por vencido y se retiraba, el gruñido desafiante lo perseguía, o Colmillo Blanco se lanzaba contra los barrotes de la jaula aullando su odio.