Entonces oyó un gran clamor de gruñidos y aullidos. Reconoció el grito de dolor y terror de Oreja Mocha, y escuchó el aullido de un lobo que delataba a un animal herido. Y eso fue todo. Los gruñidos cesaron. Los aullidos se apagaron. El silencio volvió a instalarse sobre la tierra solitaria.
Se sentó durante un largo rato sobre el trineo. No hacía falta que fuera a ver qué había sucedido. Lo sabía como si hubiera ocurrido ante sus ojos.
Una vez, se sobresaltó y sacó apresuradamente el hacha de debajo de las ataduras. Pero estuvo un buen rato más sentado y meditabundo, con los dos perros que le quedaban acurrucados y temblando a sus pies.
Por fin se levantó de manera fatigada, como si toda la elasticidad hubiera desaparecido de su cuerpo, y procedió a atar los perros al trineo.
Pasó una cuerda por su hombro, un arnés humano, y tiró junto con los perros. No fue muy lejos.
A la primera señal de oscuridad se apresuró a montar un campamento, y se ocupó de tener una generosa provisión de leña. Alimentó a los perros, cocinó y cenó, y tendió su cama cerca del fuego.
Pero no estaba destinado a disfrutar de aquella cama. Antes de que se le cerraran los ojos, los lobos se habían acercado demasiado para su seguridad. Ya no requería un esfuerzo de la vista verlos.
Estaban por todas partes a su alrededor y del fuego, en un círculo estrecho, y podía verlos claramente a la luz de las agujas del fuego tumbados, sentados, avanzando a rastras sobre sus vientres o escabulléndose de un lado a otro.
Incluso dormían. Aquí y allá podía ver a uno acurrucado en la nieve como un perro, tomando el sueño que a él ahora se le negaba.
Él mantenía el fuego ardiendo con fuerza, pues sabía que este era lo único que se interponía entre la carne de su cuerpo y las hambrientas