Viajaba con mucha torpeza. Tropezaba con palos y cosas por el estilo. Una ramita que creía muy lejana, al instante siguiente le golpeaba la nariz o le arañaba las costillas. Había irregularidades en la superficie. A veces daba un paso demasiado largo y se golpeaba la nariz. Con la misma frecuencia daba un paso demasiado corto y se golpeaba los pies. Luego estaban los guijarros y las piedras que rodaban bajo sus pies al pisarlos; y gracias a ellos llegó a saber que las cosas inanimadas no estaban todas en el mismo estado de equilibrio estable que su cueva; también, que las cosas pequeñas e inanimadas eran más propensas que las grandes a caerse o volcarse. Pero con cada contratiempo iba aprendiendo. Cuanto más caminaba, mejor caminaba. Se estaba adaptando. Estaba aprendiendo a calcular sus propios movimientos musculares, a conocer sus limitaciones físicas, a medir las distancias entre los objetos, y entre los objetos y él mismo.
Era la suerte del principiante. Nacido para ser cazador de carne (aunque él no lo supiera), dio por casualidad con la carne justo afuera de la puerta de su propia cueva en su primera incursión en el mundo.
Fue por pura torpeza que tropezó con el nido de perdiz nival, sabiamente oculto. Cayó dentro de él. Había intentado caminar por el tronco de un pino caído. La corteza podrida cedió bajo sus pies y, con un ladrido desesperado, se precipitó por la curva redondeada, rompió el follaje y los tallos de un arbusto pequeño y, en el corazón del arbusto, sobre el suelo, fue a parar en medio de siete polluelos de perdiz nival.
Hacían ruido y al principio eso le asustó. Luego se dio cuenta de que eran muy pequeños y se volvió más audaz. Se movían. Puso su pata sobre uno y sus movimientos se aceleraron. Esto fue para él una fuente de disfrute. Lo olió. Lo cogió con el hocico. Forcejeaba y le hacía cosquillas en la lengua. Al mismo tiempo cobró conciencia de una sensación de hambre. Sus mandíbulas se cerraron. Hubo un crujido de huesos frágiles y sangre tibia