Pero el dios no hizo ningún movimiento hostil y continuó hablando con calma. Durante un rato Colmillo Blanco gruñó al unísono con él, estableciéndose una correspondencia de ritmo entre el gruñido y la voz. Pero el dios seguía hablando interminablemente. Le hablaba a Colmillo Blanco como jamás antes le habían hablado. Le hablaba con suavidad y de forma reconfortante, con una gentileza que de algún modo, en alguna parte, conmovió a Colmillo Blanco. A pesar de sí mismo y de todas las punzantes advertencias de su instinto, Colmillo Blanco comenzó a tener confianza en este dios. Tenía una sensación de seguridad que contradecía toda su experiencia con los hombres.
Después de mucho tiempo, el dios se levantó y entró en la cabaña. Colmillo Blanco lo observó con aprensión cuando salió. No llevaba ni látigo, ni garrote, ni arma. Tampoco tenía la mano sana a la espalda escondiendo algo.
Se sentó como antes, en el mismo lugar, a varios pies de distancia. Le tendió un pequeño trozo de carne. Colmillo Blanco irguió las orejas y lo examinó con sospecha, logrando mirar al mismo tiempo tanto la carne como al dios, alerta ante cualquier acto hostil, con el cuerpo tenso y listo para huir de un salto a la primera señal de agresión.
Aún se demoraba el castigo. El dios simplemente acercó a su nariz un trozo de carne. Y respecto a la carne no parecía haber nada malo.
Aun así, Colmillo Blanco sospechaba; y aunque se la ofrecían con cortos y tentadores ademanes de la mano, se negó a tocarla. Los dioses eran omniscientes, y no había forma de saber qué magistral traición se ocultaba tras aquel trozo de carne Aparentemente inofensivo. En su experiencia pasada, especialmente al tratar con las squaws, la carne y el castigo a menudo habían estado relacionados de manera desastrosa.