Desafiaba todos los esfuerzos del amo para que se hiciera amiga de Colmillo Blanco. Sus agudos y nerviosos gruñidos resonaban continuamente en sus oídos. Nunca le había perdonado el episodio de la matanza de gallinas y se aferraba obstinadamente a la creencia de que sus intenciones eran malas. Lo declaraba culpable antes de cometer el acto y lo trataba en consecuencia. Se convirtió en una plaga para él, como un gendarme que lo seguía por todas partes, por el establo y los sabuesos, y, si él tan solo miraba con curiosidad a una paloma o a una gallina, estallaba en un grito de indignación y furia. Su manera favorita de ignorarla era tumbarse, con la cabeza apoyada en las patas delanteras, y fingir que dormía. Esto siempre la dejaba atónita y la reducía al silencio.
A excepción de Collie, todo iba bien con Colmillo Blanco. Había aprendido el control y el aplomo, y conocía la ley. Había alcanzado una serenidad, una calma y una tolerancia filosófica.
Ya no vivía en un entorno hostil. El peligro, el daño y la muerte no acechaban por doquier a su alrededor. Con el tiempo, lo desconocido, como algo terrorífico y de amenaza siempre inminente, se desvaneció.
La vida era blanda y fácil. Fluía con suavidad, y ni el miedo ni los enemigos acechaban en el camino.
Echaba de menos la nieve sin ser consciente de ello.
«Un verano indebidamente largo», habría sido su pensamiento de haberlo pensado; tal como estaban las cosas, simplemente echaba de menos la nieve de un modo vago y subconsciente.
De la misma manera, especialmente en el calor del verano, cuando sufría por el sol, experimentaba tenues anhelos por las Tierras del Norte. Su único efecto en él, sin embargo, era volverlo inquieto e intranquilo sin que supiera qué le pasaba.