profunda, amplia y variada, chocando continuamente contra sus sentidos, exigiéndole ajustes y correspondencias instantáneos e interminables, y obligándolo, casi siempre, a reprimir sus impulsos naturales.
Había carnicerías donde la carne colgaba al alcance de la mano. Esa carne no debía tocarla.
Había gatos en las casas que el amo visitaba a los que debía dejar en paz. Y había perros por doquier que le gruñían y a los que no debía atacar.
Y luego, en las aceras abarrotadas, había personas innumerables cuya atención él atraía. Se detenían y lo miraban, se lo señalaban unos a otros, lo examinaban, hablaban de él y, lo peor de todo, lo acariciaban. Y estos contactos peligrosos de todas esas manos extrañas tenía que soportarlos.
Sin embargo, esta resistencia la logró. Además, superó su torpeza y su timidez. De un modo altivo recibía las atenciones de la multitud de dioses extraños. Con condescendencia aceptaba su condescendencia.
Por otra parte, había algo en él que impedía una gran familiaridad. Le palmeaban la cabeza y seguían su camino, satisfechos y contentos con su propia osadía.