Corrían sobre la superficie de un mundo congelado y muerto. Ninguna vida se agitaba. Ellos solos se movían a través de la vasta inercia. Ellos solos estaban vivos, y buscaban otras cosas que estuvieran vivas para poder devorarlas y seguir viviendo.
Atravesaron bajas divisorias y recorrieron una docena de pequeños arroyos en un terreno más bajo antes de que su búsqueda se viera recompensada.
Luego dieron con alces.
Fue un gran macho al que encontraron primero. Aquí había carne y vida, y no estaba custodiado por misteriosos fuegos ni proyectiles de fuego voladores. Conocían las pezuñas abiertas y las cuernas palmadas, y echaron su habitual paciencia y precaución a los vientos.
Fue una pelea breve y feroz. El gran macho estaba acosado por todos lados.
- Los abría en canal o les hendía el cráneo con golpes certeramente propinados por sus grandes pezuñas.
- Los machacaba y los destrozaba con sus grandes astas.
- Los pisoteaba en la nieve bajo él en el forcejeo entre chapoteos.
Pero estaba sentenciado, y cayó con la loba desgarrándole salvajemente la garganta, y con otros colmillos hincados por todas partes sobre él, devorándolo vivo, antes incluso de que cesaran sus últimos estertores o de que hubiera causado su último daño.
Había comida en abundancia. El toro pesaba más de ochocientas libras; casi veinte libras de carne por boca para los cuarenta y tantos lobos de la manada. Pero si sabían ayunar prodigiosamente, también sabían devorar prodigiosamente, y pronto unos cuantos huesos esparcidos fueron todo lo que quedó de la espléndida bestia viva que había plantado cara a la manada pocas horas antes.