El cachorro se tendió cuitado ante él. Él inclinó las orejas y lo miró con curiosidad. Luego sus narices se tocaron, y sintió la cálida lengüecita del cachorro en su mandíbula. La lengua de Colmillo Blanco salió, no sabía por qué, y le lamió la cara al cachorro.
Aplausos y gritos de satisfacción por parte de los dioses saludaron la actuación. Él se sorprendió y los miró con desconcierto.
Luego su debilidad se impuso y se tumbó, con las orejas erguidas y la cabeza inclinada, mientras observaba al cachorro.
Los demás cachorros se le acercaron tambaleándose, para gran disgusto de Collie; y él les permitió solemnemente que treparan y retozaran sobre su cuerpo.
Al principio, en medio de los aplausos de los dioses, dejó ver un ápice de su antigua timidez y torpeza. Esto se desvaneció a medida que las travesuras y los empujones de los cachorros continuaban, y se quedó tumbado con los ojos entrecerrados y pacientes, adormilado bajo el sol.