Por consecuencia, los perros extraños con los que se tropezaba no tenían ninguna posibilidad contra él. Eludía sus colmillos. Los atrapaba, o escapaba, saliendo ileso en cualquiera de los dos casos.
En el curso natural de las cosas hubo excepciones a esto. Hubo ocasiones en que varios perros, abalanzándose sobre él, lo castigaron antes de que pudiera escapar; y hubo ocasiones en que un solo perro le infligió heridas profundas.
Pero estos eran accidentes. En lo fundamental, habiéndose vuelto un luchador tan eficaz, seguía su camino sin un solo rasguño.
Otra ventaja que poseía era la de juzgar correctamente el tiempo y la distancia.
No es que hiciera esto conscientemente, sin embargo. No calculaba tales cosas. Era todo automático. Sus ojos veían correctamente, y los nervios transmitían la visión correctamente a su cerebro. Sus partes estaban mejor ajustadas que las de la media de los perros. Funcionaban juntas con mayor suavidad y constancia.
La suya era una coordinación nerviosa, mental y muscular mejor, mucho mejor. Cuando sus ojos transmitían a su cerebro la imagen en movimiento de una acción, su cerebro, sin esfuerzo consciente, conocía el espacio que limitaba esa acción y el tiempo requerido para su realización.
Así, podía evitar el salto de otro perro, o la embestida de sus colmillos, y al mismo tiempo podía aprovechar la fracción infinitesimal de tiempo para lanzar su propio ataque.
Cuerpo y cerebro, el suyo era un mecanismo más perfeccionado. No es que hubiera que alabarlo por ello. La naturaleza había sido más generosa con él que con la media de los animales, eso era todo.
Fue en el verano cuando Colmillo Blanco llegó a Fort Yukon.