despertado en él y fluía rauda por sus venas. Esto era la vida, aunque él no lo supiera. Estaba comprendiendo su propio sentido en el mundo; estaba haciendo aquello para lo cual había sido creado: cazar carne y luchar para cazarla. Estaba justificando su existencia, algo mayor que lo cual la vida no puede hacer; porque la vida alcanza su cume cuando cumple hasta el extremo aquello para lo cual fue equipada.
Después de un tiempo, la perdiz nival dejó de forcejear. Él todavía la sostenía por el ala, y ambos yacieron en el suelo mirándose el uno al otro.
Intentó gruñir amenazante, ferozmente. Ella le picoteó la nariz que a estas alturas, debido a aventuras anteriores, ya la tenía dolorida. Él hizo una mueca de dolor pero no la soltó. Ella lo picoteó una y otra vez.
De la mueca pasó al gemido. Intentó retroceder alejándose de ella, ajeno al hecho de que al retenerla la arrastraba tras de sí. Una lluvia de picotazos cayó sobre su maltratada nariz. La marea de lucha refluyó en su interior y, soltando a su presa, puso pies en polvorosa y huyó a la carrera por el claro en una retirada ingloriosa.
Se tendió a descansar al otro lado del claro, cerca del borde de los arbustos, con la lengua colgando, el pecho agitado y jadeante, y la nariz todavía doliéndole, lo que hacía que continuara gimoteando.
Pero mientras yacía allí, de repente le invadió la sensación de que algo terrible era inminente. Lo desconocido con todos sus terrores se precipitó sobre él, y se encogió instintivamente buscando el refugio del arbusto.
Al hacerlo, una corriente de aire lo rozó, y un cuerpo grande y alado pasó de forma ominosa y silenciosa. Un halcón, que se lanzaba en picado desde el azul del cielo, había estado a punto de alcanzarlo.
Mientras yacía en el matorral, recuperándose del susto y mirando hacia afuera con temor, la perdiz nival madre, al otro lado del claro, aleteó