la propiedad de su amo; y en esto fue alentado y adiestrado por Castor Gris. Uno de los resultados de esto fue hacer que Colmillo Blanco fuera más feroz e indomable, y más solitario.
Los meses pasaron, estrechando cada vez más el pacto entre el perro y el hombre.
Este era el antiguo pacto que el primer lobo que salió de la espesura firmó con el hombre. Y, al igual que todos los sucesivos lobos y perros salvajes que habían hecho lo mismo, Colmillo Blanco cumplió el pacto por sí mismo.
Los términos eran sencillos. A cambio de poseer un dios de carne y hueso, entregaba su propia libertad. Comida y fuego, protección y compañía, eran algunas de las cosas que recibía del dios. A cambio, custodiaba las propiedades del dios, defendía su cuerpo, trabajaba para él y le obedecía.
La posesión de un dios implica servicio. El de Colmillo Blanco era un servicio de deber y respeto, pero no de amor. Él no sabía lo que era el amor. No tenía experiencia del amor. Kiche era un recuerdo lejano.
Además, no solo había abandonado la Salvajina y a los de su especie al entregarse al hombre, sino que los términos del pacto eran tales que, si alguna vez volvía a encontrarse con Kiche, no abandonaría a su dios para irse con ella. Su lealtad al hombre parecía ser, de algún modo, una ley de su ser mayor que el amor a la libertad, a los de su especie y a sus parientes.