bestia se estiró deliberadamente a la manera de un perro perezoso, bostezándole en la cara y mirándolo con ojos de dueño, como si, en verdad, él no fuera más que una comida retrasada que pronto iba a ser devorada.
Esta certitud la mostraba toda la jauría. Por lo menos una veintena podía contar, mirándolo hambrientos o durmiendo plácidamente en la nieve.
Le recordaban a unos niños reunidos alrededor de una mesa bien servida y esperando el permiso para empezar a comer. ¡Y él era la comida que iban a devorar! Se preguntaba cómo y cuándo empezaría el banquete.
Al amontonar leña en el fuego descubrió una valoración de su propio cuerpo que nunca antes había sentido.
Observó sus músculos en movimiento y se interesó por el astuto mecanismo de sus dedos. A la luz del fuego dobló los dedos lenta y repetidamente, ahora uno por uno, ahora todos juntos, abriéndolos bien o haciendo rápidos movimientos de prensión. Estudió la formación de las uñas y se tocó las yemas de los dedos, ahora con fuerza y luego con suavidad, calculando al mismo tiempo las sensaciones nerviosas producidas.
Le fascinaba, y de pronto cobró cariño por aquella sutil carne suya que funcionaba de manera tan bella, suave y delicada.
Luego lanzaba una mirada de temor al círculo de lobos trazado expectantemente a su alrededor, y como un golpe lo asaltaba la constatación de que este cuerpo suyo maravilloso, esta carne viva, no era más que un trozo de carne, presa de animales voraces, para ser desgarrado y acuchillado por sus hambrientos colmillos, para serles sustento como el alce y el conejo le habían sido a menudo a él.
Salió de una cabezada que era mitad pesadilla, para ver a la loba de tonalidades rojizas ante él. No estaba a más de seis pies de distancia,