gruñido. Nunca antes la había oído gruñir de un modo tan terrible. Posiblemente fue el gruñido más terrible que dio en toda su vida. Había una razón para ello, y nadie lo sabía mejor que ella. La guarida de un lince no es saqueada impunemente. A plena luz de la tarde, agazapado en la entrada de la cueva, el cachorro vio a la madre lince. El pelo se le erizó a lo largo del lomo ante la visión. Esto era el miedo, y no hizo falta su instinto para decírselo. Y si la vista por sí sola no bastaba, el grito de furia que dio el intruso, que comenzaba con un gruñido y ascendía abruptamente hasta convertirse en un graznido ronco, era lo suficientemente convincente por sí mismo.
El cachorro sintió el impulso de la vida que había en él, se puso en pie y gruñó valientemente junto al costado de su madre. Pero ella lo empujó sin miramientos hacia atrás, poniéndolo a su espalda.
Debido a la baja entrada, el lince no pudo saltar hacia el interior, y cuando intentó una embestida arrastrándose, la loba se abalanzó sobre ella y la inmovilizó contra el suelo. El cachorro vio poco de la batalla.
Hubo un tremendo intercambio de gruñidos, soplidos y chillidos. Los dos animales se agitaban violentamente, el lince desgarrando y despedazando con las garras y usando también los dientes, mientras que la loba empleaba únicamente los suyos.
Una vez, el cachorro saltó y hincó los dientes en la pata trasera del lince. Se aferró, gruñendo con fiereza. > Aunque no lo sabía, con el peso de su cuerpo entorpeció el movimiento de la pata y con ello evitó que su madre sufriera muchos daños. Un cambio en la pelea lo aplastó bajo los cuerpos de ambas y le arrancó la presa. Al momento siguiente las dos madres se separaron y, antes