—A Bill ya lo agarraron, y tal vez me agarren a mí, pero a ti jamás van a poder atraparte, muchacho —dijo, dirigiéndose al cadáver en su sepulcro de los árboles.
Entonces tomó el sendero, con el trineo aligerado saltando detrás de los perros deseosos; pues ellos también sabían que la salvación aguardaba abierta al llegar a Fort McGurry.
Los lobos eran ahora más abiertos en su persecución, trotando pausadamente detrás y flanqueándolos a uno y otro lado, con las rojas lenguas colgando, sus flacos ijares mostrando las costillas ondulantes a cada movimiento. Eran muy flacos, meras bolsas de piel estiradas sobre armazones óseos, con tendones a guisa de músculos—tan flacos que a Henry se le ocurrió maravillarse de que aún se mantuvieran en pie y no se derrumbaran de golpe en la nieve.
No se atrevió a viajar hasta que oscureció.
Al mediodía, el sol no solo tibió el horizonte sur, sino que incluso asomó su borde superior, pálido y dorado, por encima de la línea del horizonte. Lo tomó como una señal. Los días se estaban alargando. El sol estaba regresando.
Pero apenas se hubo esfumado la alegría de su luz, levantó campamento. Todavía quedaban varias horas de luz gris y sombría penumbra, las cuales aprovechó para cortar una provisión descomunal de leña.
Con la noche llegó el horror. No solo los hambrientos lobos se volvían más audaces, sino que la falta de sueño empezaba a hacer mella en Henry. Se dormía a pesar de sí mismo, acurrucado junto al fuego, las mantas sobre los hombros, el hacha entre las rodillas y, a uno y otro lado, un perro apretándose contra él. Se despertó una vez y vio frente a él, a menos de cuatro metros, a un gran lobo gris, uno de los más grandes de la jauría. Y aun mientras miraba, la