El gruñido ascendía en la garganta con la culminación de cada movimiento de empuje hacia adelante, y disminuía para reiniciarse de nuevo al comienzo del siguiente movimiento. El final de cada movimiento era el acento del ritmo, terminando el movimiento de forma abrupta y elevándose el gruñido con una sacudida.
Esto no dejó de surtir efecto en Colmillo Blanco. El pelo comenzó a írsele erizando en el nuca y a lo largo de los hombros. Tim Keenan dio un último empujón hacia adelante y retrocedió de nuevo. A medida que el impulso que llevaba a Cherokee hacia adelante se desvanecía, este continuó avanzando por su propia voluntad, en una carrera veloz y patizamba.
Entonces Colmillo Blanco atacó. Un grito de asombrada admiración se elevó en el aire. Había cubierto la distancia y se había lanzado más como un gato que como un perro; y con la misma rapidez felina había tajado con sus colmillos y saltado fuera del alcance.
El bulldog sangraba por detrás de una oreja debido a un desgarro en su grueso cuello. No dio señales de dolor, ni siquiera gruñó, sino que dio media vuelta y persiguió a Colmillo Blanco. El despliegue de ambos bandos, la rapidez del uno y la firmeza del otro, habían encendido el espíritu partidista de la multitud, y los hombres hacían nuevas apuestas y aumentaban las iniciales. Una y otra vez, Colmillo Blanco se lanzó al ataque, acuchilló y se retiró sin un solo rasguño, y aun así su extraña némesis lo seguía, sin demasiada prisa, no con lentitud, sino de manera deliberada, decidida y con un aire profesional. Había un propósito en su método: algo que tenía que hacer, en lo que estaba empeñado y de lo cual nada podía distraerlo.
Todo su continente, cada uno de sus actos, estaba marcado por este propósito. Desconcertaba a Colmillo Blanco. Jamás había visto un perro semejante.