Nunca olvidó al halcón, y su sombra en movimiento siempre lo hacía agacharse en el matorral más cercano. Ya no se estiraba ni caminaba abriendo las patas, y ya iba desarrollando el andar de su madre, furtivo y escurridizo, aparentemente sin esfuerzo, pero deslizándose con una rapidez tan engañosa como imperceptible.
En cuestión de carne, su buena suerte había estado toda en el principio. Los siete polluelos de perdiz nival y la cría de comadreja representaban el total de sus presas.
Su deseo de matar se fortalecía con los días, y abrigaba ambiciones hambrientas por la ardilla que castañeteaba tan locuazmente y siempre avisaba a todas las criaturas salvajes de que el lobezno se aproximaba.
Pero así como los pájaros volaban por los aire, las ardillas podían trepar a los árboles, y el cachorro solo podía intentar arrastrarse sin ser visto hacia la ardilla cuando esta se encontraba en el suelo.
El cachorro sentía un gran respeto por su madre. Ella sabía conseguir carne, y nunca dejaba de traerle su parte. Además, no les temía a las cosas. No se le ocurrió pensar que esa intrepidez se basaba en la experiencia y en el conocimiento. El efecto que producía en él era la impresión de poder.
Su madre representaba el poder; y a medida que crecía, sentía ese poder en la más aguda amonestación de su pata, mientras que el empujón corrector de su hocico dio paso a los zarpazos de sus colmillos. Por esto, asimismo, respetaba a su madre. Ella le imponía obediencia, y cuanto más crecía él, más se le agotaba la paciencia a ella.
La hambruna volvió de nuevo, y el cachorro, con una consciencia más clara, sintió otra vez el mordisco del hambre. La loba se consumió corriendo en busca de carne. Ya casi no dormía en la cueva, y pasaba la mayor parte del tiempo tras el rastro de la carne, y lo pasaba en vano. Esta hambruna no fue larga, pero sí severa mientras duró. El cachorro no