de volver a abalanzarse la una sobre la otra, el lince le propinó un zarpazo al cachorro con una enorme pata delantera que le desgarró el hombro hasta el hueso y lo mandó despedido de lado contra la pared. A la confusión se sumó entonces el aullido agudo de dolor y miedo del cachorro. Pero la pelea duró tanto que tuvo tiempo de hartarse de llorar y de experimentar un segundo brote de valor; y el final de la batalla lo encontró de nuevo aferrado a una pata trasera y gruñendo furiosamente entre
El lince estaba muerto. Pero la loba estaba muy débil y enferma.
Al principio acarició al cachorro y le lamió el hombro herido; pero la sangre que había perdido se había llevado con ella sus fuerzas, y durante todo un día y una noche yació junto al cadáver de su enemigo, sin moverse, apenas respirando.
Durante una semana no abandonó la cueva, excepto para buscar agua, y entonces sus movimientos eran lentos y dolorosos. Al cabo de ese tiempo el lince había sido devorado, mientras que las heridas de la loba habían sanado lo suficiente como para permitirle tomar de nuevo el rastro de la carne.
El hombro del cachorro estaba rígido y dolorido, y durante un tiempo cojeó a causa de la terrible herida que había recibido. Pero ahora el mundo parecía haber cambiado. Se movía por él con mayor confianza, con un sentimiento de destreza que no había tenido en los días anteriores a la batalla con el lince. Había contemplado la vida en un aspecto más feroz; había luchado; había enterrado sus dientes en la carne de un enemigo; y había sobrevivido. Y debido a todo esto, se comportaba con mayor audacia, con un toque de desafío que era nuevo en él. Ya no temía a las cosas menores, y gran parte