—Haciendo uso de la confianza para soltar lo que llevo dentro —dijo un día Matt—, me atrevo a afirmar que fuiste de lo más listo al pagar lo que pagaste por ese perro. Le diste una estafa en toda regla a Beauty Smith, además de aplastarle la cara a puñetazos.
Un recrudecimiento de ira brilló en los ojos grises de Weedon Scott, y masculló con ferocidad: «¡La bestia!».
A finales de primavera, un gran problema se cernió sobre Colmillo Blanco.
Sin previo aviso, el amo-amor desapareció. Había habido señales de advertencia, pero Colmillo Blanco no estaba versado en esas cosas y no entendía lo que era hacer una maleta. Recordó después que el haber hecho su propia maleta había precedido a la desaparición del amo; pero en su momento no sospechó nada.
Esa noche esperó a que el amo regresara. A medianoche, el viento helado que soplaba lo obligó a refugiarse en la parte trasera de la cabaña. Allí durmió a medias, apenas dormido, con los oídos atentos al primer sonido de los pasos conocidos. Pero, a las dos de la mañana, la ansiedad lo sacó al frío porche delantero, donde se acurrucó y esperó.
Pero ningún amo apareció.
Por la mañana la puerta se abrió y Matt salió. Colmillo Blanco lo miró con añoranza. No había un lenguaje común mediante el cual pudiera saber lo que quería saber.
Los días iban y venían, pero el amo jamás. Colmillo Blanco, que jamás había conocido la enfermedad en su vida, enfermó. Se puso muy enfermo, tan enfermo que Matt finalmente se vio obligado a meterlo dentro de la cabaña.
Además, al escribir a su patrón, Matt dedicó una posdata a Colmillo Blanco.