doloroso. Por fin quedó tendido a los pies del amo, a cuyo poder se entregaba ahora, voluntariamente, en cuerpo y alma. Por propia voluntad, se acercaba para sentarse junto al fuego del hombre y ser gobernado por él. Colmillo Blanco temblaba, a la espera de que el castigo recayera sobre él. Hubo un movimiento de la mano por encima de su cabeza. Se encogió involuntariamente ante el golpe esperado. Este no cayó. Alzó la vista furtivamente. ¡Castor Gris estaba partiendo el trozo de sebo por la mitad! ¡Castor Gris le ofrecía un pedazo de sebo! Con mucha cautela y cierta desconfianza, primero olió el sebo y luego procedió a comerlo. Castor Gris ordenó que le trajeran carne y lo protegió de los otros perros mientras comía. Tras aquello, agradecido y satisfecho, Colmillo Blanco se tendió a los pies de Castor Gris, contemplando el fuego que lo calentaba, parpadeando y dormitando, seguro con la certeza de que el día de mañana lo hallaría, no vagando desolado por desiertos tramos de bosque, sino en el campamento de los hombres-animales, junto a los dioses a quienes se había entregado y de quienes ahora dependía.
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IV. El sendero de los dioses
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