Weedon Scott dio una zancada hacia él, cruzando media habitación, al tiempo que lo llamaba. Colmillo Blanco se le acercó, no con un gran salto, sino con rapidez. Despertó de su timidez, pero al acercarse, sus ojos adquirieron una extraña expresión. Algo, una inmensidad incomunicable de sentimiento, brotó en sus ojos a modo de luz y resplandeció.
—¡Él nunca me miró de esa manera en todo el tiempo que te fuiste! —comentó Matt.
Weedon Scott no oyó. Estaba en cuclillas, cara a cara con Colmillo Blanco y acariciándolo: frotándole la base de las orejas, dándole largas pasadas de caricia por el cuello hasta los hombros, golpeándole suavemente la columna con las yemas de los dedos. Y Colmillo Blanco gruñía en respuesta, con la nota cantarina del gruñido más pronunciada que nunca.
Pero eso no era todo. Su alegría, el gran amor que llevaba dentro, siempre desbordante y luchando por expresarse, logró encontrar un nuevo modo de manifestación.
De repente, adelantó la cabeza y se abrió paso a empujones entre el brazo y el cuerpo de su amo. Y allí, oprimido, oculto a la vista de todos salvo por las orejas, sin gruñir ya, continuó empujando y acurrucándose.
Los dos hombres se miraron. Los ojos de Scott brillaban.
“¡Caramba!”, dijo Matt con voz admirada.
Un momento después, cuando se hubo recuperado, dijo: —Siempre insistí en que ese lobo era un perro. ¡Míralo!
Con el regreso del amo-de-amor, la recuperación de Colmillo Blanco fue rápida. Dos noches y un día los pasó en la cabaña. Luego salió al exterior.