Lloró y lloró sin fin, y cada nuevo lamento era saludado por estallidos de risa por parte de los hombres-animales. Intentó calmarse la nariz con la lengua, pero la lengua también estaba quemada, y los dos dolores al juntarse producían un dolor mayor; por lo que lloró más desesperada e indefensamente que nunca.
Y entonces le sobrevino la vergüenza. Conoció la risa y el significado de ella. No nos es dado saber cómo algunos animales conocen la risa y saben cuándo se están riendo de ellos; pero de esa misma manera lo supo Colmillo Blanco. Y sintió vergüenza de que los hombres-animales se estuvieran riendo de él. Se dio la vuelta y huyó, no por el dolor del fuego, sino por la risa que penetraba aún más hondo y lastimaba su espíritu. Y huyó hacia Kiche, furioso al final de su estaca como un animal enloquecido; hacia Kiche, la única criatura en el mundo que no se estaba riendo de él.
Cayó el crepúsculo y se echó la noche, y Colmillo Blanco se tumbó junto a su madre.
Su hocico y su lengua aún le dolían, pero le desconcertaba un problema mayor. Sentía nostalgia. Sentía un vacío en su interior, una necesidad del silencio y la quietud del arroyo y la cueva en el acantilado.
La vida se había vuelto demasiado populosa. Había muchísimos de esos animales-hombres, hombres, mujeres y niños, todos haciendo ruidos y molestias. Y estaban los perros, siempre riñendo y discutiendo, estallando en alborotos y creando confusiones.
La apacible soledad de la única vida que había conocido había desaparecido. Aquí el aire mismo palpitaba de vida. Zumbaba y vibraba sin cesar. Cambiando continuamente de intensidad y variando bruscamente de tono, incidía en sus nervios y sentidos, lo ponía nervioso e inquieto y lo atormentaba con la perpetua inminencia de que algo sucediera.