—¡Váyase! ¡Échese, señor! —ordenó el juez Scott.
Colmillo Blanco se volvió hacia la esposa del amo-amor. Ella gritó aterrorizada cuando él le agarró el vestido con los dientes y tiró de él hasta que la frágil tela se desgarró. Para entonces, él se había convertido en el centro de atención.
Había cesado de gruñir y se quedó de pie, con la cabeza en alto, mirando sus rostros. Su garganta se movía espasmódicamente, pero no emitía ningún sonido, mientras luchaba con todo su cuerpo, convulsionado por el esfuerzo de librarse de algo incomunicable que pugnaba por expresarse.
—Espero que no se esté volviendo loco —dijo la madre de Weedon—. Le dije a Weedon que temía que el clima cálido no le sentara bien a un animal ártico.
—Creo que está intentando hablar —anunció Beth.
En ese momento, el habla le llegó a Colmillo Blanco, brotando en una gran ráfaga de ladridos.
—Algo le ha pasado a Weedon —dijo su mujer con decisión.
Todos estaban de pie ahora, y Colmillo Blanco bajó corriendo las escaleras, mirando atrás para que lo siguieran. Por segunda y última vez en su vida había ladrado y se había hecho entender.
Después de este acontecimiento se ganó un lugar más cálido en los corazones de la gente de Sierra Vista, y hasta el mozo de cuadra a cuyo brazo había tajo reconoció que era un perro prudente, aun cuando fuese un lobo.
El juez Scott seguía sosteniendo la misma opinión, y lo demostró para disgusto de todo el mundo mediante mediciones y descripciones tomadas de la enciclopedia y de varias obras de historia natural.