El cachorro gris
Era diferente de sus hermanos y hermanas. El pelo de ellos ya delataba el tono rojizo heredado de su madre, la loba; mientras que él solo, en este aspecto, había salido a su padre. Era el único cachorro gris de la camada. Había salido puro de la auténtica casta de lobos —de hecho, había salido puro al viejo Tuerto en persona, físicamente, con una sola excepción, y era que tenía dos ojos frente al único de su padre.
Los ojos del osezno gris hacía poco que se habían abierto, pero ya podía ver con firme claridad. Y aun cuando sus ojos todavía estaban cerrados, ya había sentido, saboreado y olfateado. Conocía muy bien a sus dos hermanos y a sus dos hermanas. Había comenzado a retozar con ellos de un modo débil y torpe, e incluso a pelearse, con la pequeña garganta vibrando en un extraño ruido áspero (el precursor del gruñido), mientras se dejaba llevar por la furia. Y mucho antes de que se le abrieran los ojos, había aprendido mediante el tacto, el gusto y el olfato a reconocer a su madre, fuente de calor, alimento líquido y ternura. Poseía una lengua dulce y acariciativa que lo calmaba al pasar sobre su suave cuerpecito, y que lo impulsaba a acurrucarse contra ella y a quedarse dormido.
La mayor parte del primer mes de su vida lo había pasado así, durmiendo; pero ahora podía ver bastante bien, y permanecía despierto por períodos de más tiempo, y estaba llegando a conocer su mundo bastante bien. Su mundo era sombrío; pero él no lo sabía, pues no conocía otro mundo. Estaba tenuemente iluminado; pero sus ojos nunca habían tenido que adaptarse a ninguna otra luz. Su mundo era muy pequeño. Sus límites eran las paredes de la guarida; pero como no tenía conocimiento del vasto mundo exterior, jamás se