reinar al menos la neutralidad. Pero los otros animales —las ardillas, las codornices y los conejos silvestres— eran criaturas de la Salvajina que nunca se habían rendido ante el hombre. Eran la presa legítima de cualquier perro. Solo lo domesticado era protegido por los dioses, y entre los domesticados no se permitía la lucha mortal. Los dioses ostentaban el poder de la vida y de la muerte sobre sus súbditos, y los dioses eran celosos de su poder.
La vida era compleja en el valle de Santa Clara después de las simplezas de las Tierras del Norte. Y lo principal que exigían estas intrincidades de la civilización era control, mesura: un equilibrio de uno mismo que era tan delicado como el batir de unas alas de gasa y al mismo tiempo tan rígido como el acero. La vida tenía mil rostros, y Colmillo Blanco descubrió que debía hacerles frente a todos; así, cuando iba al pueblo, a San José, corriendo detrás del carruaje o vagando por las calles cuando el carruaje se detenía. La vida fluía junto a él,