lealtad, procedió a asumir la guarda de la propiedad de su amo. Merodeaba alrededor de la cabaña mientras los perros de trineo dormían, y el primer visitante nocturno de la cabaña lo repelió a palos hasta que Weedon Scott acudió en su auxilio. Pero Colmillo Blanco no tardó en aprender a diferenciar entre ladrones y hombres honestos, a calibrar el verdadero valor del paso y del talante. Al hombre que caminaba, con paso ruidoso, en línea recta hacia la puerta de la cabaña, lo dejaba en paz —aunque lo vigilaba atentamente hasta que la puerta se abría y recibía el beneplácito del amo—. Pero el hombre que avanzaba sigilosamente, por rodeos, ojeando con cautela, buscando el secreto; ése era el hombre que no obtenía la suspensión de juicio por parte de Colmillo Blanco, y que se marchaba de manera abrupta, apresurada y sin dignidad.
Weedon Scott se había impuesto la tarea de redimir a Colmillo Blanco —o más bien, de redimir a la humanidad por el daño que le había hecho a Colmillo Blanco—. Era una cuestión de principios y de conciencia. Sentía que el mal hecho a Colmillo Blanco era una deuda contraída por el hombre y que debía ser pagada. Así que se esforzaba por ser especialmente amable con el Lobo Luchador. Todos los días se proponía acariciar y mimar a Colmillo Blanco, y hacerlo durante un buen rato.
Al principio receloso y hostil, Colmillo Blanco acabó por cogerle el gusto a aquellas caricias. Pero hubo algo que nunca llegó a perder: sus gruñidos. Gruñir, gruñía desde el momento en que empezaban las caricias hasta que terminaban. Pero era un gruñido con una nueva nota en su interior. Un extraño no habría podido percibir tal matiz, y para semejante desconocido los gruñidos de Colmillo Blanco eran una muestra de salvajismo primordial, escalofriante y capaz de helar la sangre. Sin embargo, la garganta de Colmillo Blanco se había vuelto de fibras ásperas debido a la emisión de sonidos feroces a lo largo de los muchos años transcurridos desde su primer pequeño carraspeo de ira en la guarida de su infancia, y ya no podía suavizar los sonidos de esa garganta para expresar la ternura que sentía. A pesar de todo, el oído y la