Cherokee se identificaba con su instinto. Sabía que estaba haciendo lo correcto al no soltar la presa, y lo invadían ciertos éxtasis de satisfacción dichosa. En esos momentos, incluso cerraba los ojos y permitía que su cuerpo fuera lanzado de aquí para allá, mal que le pesara, sin importarle el daño que pudiera sufrir por ello. Eso no contaba. Lo importante era la presa, y la presa conservaba.
Colmillo Blanco solo se detuvo cuando se hubo agotado por completo. No podía hacer nada y no lograba comprender. Jamás, en toda su vida de luchador, le había sucedido algo así. Los perros con los que había peleado no luchaban de esa manera. Con ellos todo era morder, tajar y huir, morder, tajar y huir.
Yacía medio tumbado sobre un costado, jadeando en busca de aire. Cherokee, sin soltar su presa, presionaba contra él, intentando tumbarlo por completo sobre el costado.
Colmillo Blanco se resistía, y podía sentir cómo las mandíbulas cambiaban de posición, relajándose levemente y volviéndose a cerrar en un movimiento de masticación. Cada cambio acercaba la presa más a su garganta.
El método del bulldog consistía en retener lo que tenía y, cuando la oportunidad lo favorecía, avanzar para apoderarse de más. La oportunidad lo favorecía cuando Colmillo Blanco permanecía quieto. Cuando Colmillo Blanco forcejeaba, Cherokee se conformaba meramente con resistir aferrado.
La nuca abultada de Cherokee era la única porción de su cuerpo a la que los dientes de Colmillo Blanco podían alcanzar. Se prendió cerca de la base, donde el cuello sale de los hombros; pero no conocía el método de lucha basado en los mordiscos y sus mandíbulas tampoco se adaptaban a él. Se dedicó a desgarrar y romper espasmódicamente con sus colmillos durante un rato.