El marginado
Lip-lip continuaba ensombreciendo sus días de tal modo que Colmillo Blanco se volvió más perverso y feroz de lo que su derecho natural dictaba. La crueldad formaba parte de su temperamento, pero la crueldad así desarrollada superaba su temperamento.
Adquirió fama de perverso entre los propios hombres-animales. Siempre que había problemas y alboroto en el campamento, peleas y disputas o los gritos de una india por un trozo de carne robada, seguro que encontraban a Colmillo Blanco metido en el asunto y, por lo general, en el centro de este.
No se tomaban la molestia de buscar las causas de su conducta. Solo veían los efectos, y los efectos eran malos. Era un cobarde y un ladrón, un agitador, un instigador de problemas; e indignadas indias le decían a la cara, mientras él las miraba con atención y listo para esquivar cualquier proyectil arrojado de repente, que era un lobo, que no valía nada y que estaba destinado a tener un mal fin.
Se encontró convertido en un paria en medio del populoso campamento. Todos los perros jóvenes seguía el liderazgo de Lip-lip. Había una diferencia entre Colmillo Blanco y ellos. Quizás percibían su estirpe de los bosques profundos e instintivamente sentían hacia él la enemistad que el perro doméstico siente por el lobo. Pero sea como fuere, se unieron a Lip-lip en la persecución. Y, una vez declarados en su contra, encontraron buenas razones para seguir declarados en su contra. Todos y cada uno de ellos, de vez en