se había abierto paso a golpes hasta alcanzar la primacía sobre los demás animales de la Salvajina. No solo con sus propios ojos, sino con los ojos de todos sus antepasados miraba ahora el cachorro al hombre—con ojos que habían rondado en la oscuridad innumerables hogueras de campamentos invernales, que habían acechado desde distancias seguras y desde el corazón de los matorrales al extraño animal de dos patas que era señor de los seres vivos. El hechizo de la herencia del cachorro se había adueñado de él, el miedo y el respeto nacidos de siglos de lucha y de la experiencia acumulada de las generaciones. La herencia era demasiado imperiosa para un lobo que no era más que un cachorro. De haber sido adulto, habría huido. Tal como estaba, se acurrucó paralizado por el miedo, ofreciendo ya a medias la sumisión que su especie había ofrecido desde la primera vez que un lobo se acercó a sentarse junto al fuego del hombre para abrigarse.
Uno de los indios se levantó, caminó hacia él, se inclinó por encima de él y el cachorro se encogió más contra el suelo. Era lo desconocido, por fin objetivado, en carne y hueso concretos, inclinándose sobre él y estirando la mano para apoderarse de él. Su pelo se erizó involuntariamente; sus labios se retorcieron hacia atrás y sus pequeños colmillos quedaron al descubierto.
La mano, suspendida como una fatalidad sobre él, dudó, y el hombre habló riendo: « Wabam wabisca ip pit tah. » («¡Mira! ¡Los colmillos blancos!»)
Los demás indios se echaron a reír a carcajadas y animaron al hombre a que recogiera al cachorro. A medida que la mano descendía más y más, se libraba en el interior del cachorro una batalla de instintos. Experimentaba dos grandes impulsos: entregarse y luchar. La acción resultante fue un término medio. Hizo ambas cosas. Se rindió hasta que la mano casi lo rozó. Luego luchó, con los dientes