Pero Colmillo Blanco no iba a tener más que una visión de pesadilla de la ciudad; una experiencia que fue como un mal sueño, irreal y terrible, que lo persiguió durante mucho tiempo después en sus sueños.
El amo lo metió en un vagón de equipajes, encadenado en un rincón en medio de un amontonamiento de baúles y maletas. Aquí reinaba un dios rechoncho y forzudo, entre mucho ruido, que lanzaba de un lado a otro baúles y cajas, arrastrándolos por la puerta y arrojándolos a las pilas, o tirándolos fuera de la puerta, con estrépitos y estallidos, a otros dioses que los aguardaban.
Y aquí, en este infierno de equipaje, Colmillo Blanco fue abandonado por el amo. O al menos Colmillo Blanco creyó que lo habían abandonado, hasta que descubrió por el olfato las bolsas de lona del amo a su lado, y procedió a montar guardia sobre ellas.
—Ya era hora de que aparecieras —gruñó el dios del coche, una hora más tarde, cuando Weedon Scott apareció en la puerta—. Ese perro tuyo no me deja ni tocar tus cosas.
Colmillo Blanco salió del vagón. Estaba asombrado. La ciudad de pesadilla había desaparecido.
El vagón no había sido para él más que una habitación en una casa, y cuando había entrado en él, la ciudad lo rodeaba por completo. En el intervalo, la ciudad se había desvanecido. El rugido de esta ya no le taladraba los oídos.
Ante él se extendía un campo sonriente, bañado por la luz del sol, perezoso de quietud. Pero tuvo poco tiempo para maravillarse ante la transformación. La aceptó tal como aceptaba todas las acciones y manifestaciones inescrutables de los dioses. Era su manera de ser.
Había un carruaje esperando. Un hombre y una mujer se acercaron al amo.