menos que maravillarse ante la fiereza de Colmillo Blanco. Jamás, juraba, había existido algo semejante a este animal; y los indios de aldeas extrañas juraban lo mismo cuando consideraban la historia de sus matanzas entre sus perros.
Cuando Colmillo Blanco tenía casi cinco años, Castor Gris lo llevó en otro gran viaje, y mucho tiempo se recordó el estrago que hizo entre los perros de las numerosas aldeas a lo largo del Mackenzie, a través de las Rocosas y bajando por el Porcupine hasta el Yukón.
Se deleitaba en la venganza que se cobraba en su propia especie. Eran perros corrientes, confiados. No estaban preparados para su rapidez y franqueza, para su ataque sin previo aviso. No lo reconocían por lo que era, un relámpago de matanza.
Se erizaban ante él, con las patas rígidas y desafiantes, mientras él, sin perder tiempo en preliminares elaborados, saltando a la acción como un muelle de acero, se lanzaba a sus gargantas y los destruía antes de que supieran lo que estaba pasando y mientras aún se debatían en la sorpresa.
Se volvió un experto en el combate. Economizaba. Nunca desperdiciaba sus fuerzas, nunca forcejeaba. Entraba demasiado rápido para eso y, si fallaba, salía también demasiado rápido.
La aversión del lobo por el cuerpo a cuerpo era en él inusual. No soportaba el contacto prolongado con otro cuerpo. Olía a peligro. Lo volvía frenético. Tenía que estar lejos, libre, sobre sus propias patas, sin tocar a ningún ser vivo.
Era lo Salvaje que aún se aferraba a él, manifestándose a través de él. Este sentimiento se había visto acrecentado por la vida de paria que había llevado desde cachorro. El peligro acechaba en los contactos. Era la trampa, siempre la trampa, el miedo a esta al acecho en lo más profundo de su ser, tejido en su propia fibra.