El «me gusta» había sido reemplazado por el amor. Y el amor era la plomada lanzada a lo más profundo de su ser adonde el «me gusta» nunca había llegado. Y, como respuesta desde lo más hondo de su ser, había surgido algo nuevo: el amor. Lo que le era dado, él lo devolvía. Era un dios en verdad, un dios del amor, un dios cálido y radiante, bajo cuya luz la naturaleza de Colmillo Blanco se dilataba como una flor bajo el sol.
Pero Colmillo Blanco no era efusivo. Era demasiado viejo, estaba demasiado firmemente moldeado como para volverse diestro en expresarse de formas nuevas. Era demasiado dueño de sí mismo, estaba demasiado sólidamente asentado en su propio aislamiento.
Durante demasiado tiempo había cultivado la reserva, la indiferencia y la hostilidad. Jamás en su vida había ladrado, y ahora no podía aprender a ladrar un saludo cuando su dios se acercaba.
Jamás estorbaba, jamás era extravagante ni necio en la expresión de su amor. Nunca corría al encuentro de su dios. Esperaba a cierta distancia; pero siempre esperaba, siempre estaba allí.
Su amor tenía la naturaleza de la oración, mudo, inarticulado, una adoración silenciosa. Solo mediante la mirada fija de sus ojos expresaba su amor, y siguiendo incesantemente con la mirada cada movimiento de su dios.
Además, a veces, cuando su dios lo miraba y le hablaba, delataba una torpe timidez, provocada por la lucha de su amor por expresarse y su incapacidad física para manifestarlo.
Aprendió a adaptarse de muchas maneras a su nuevo modo de vida. Comprendió claramente que debía dejar en paz a los perros de su amo.