El Muro del Mundo
Para cuando su madre comenzó a salir de la cueva en expediciones de caza, el cachorro ya se había aprendido bien la ley que le prohibía acercarse a la entrada.
No solo esta ley le había sido inculcada a la fuerza y muchas veces mediante el hocico y la pata de su madre, sino que en él el instinto del miedo estaba desarrollándose.
Jamás, en su breve vida en la cueva, se había topado con nada a qué temerle. Sin embargo, el miedo habitaba en él. Le había llegado desde una ascendencia remota a través de mil miles de vidas. Era una herencia que había recibido directamente de Ojo Tuerto y la loba; pero a ellos, a su vez, les había sido transmitida a través de todas las generaciones de lobos que los habían precedido.
¡Miedo!, ese legado de la Salvajina del que ningún animal puede escapar ni cambiar por lentejas.
De modo que el cachorro gris conoció el miedo, aunque no sabía de qué estaba hecho el miedo. Posiblemente lo aceptaba como una de las restricciones de la vida. Pues ya había aprendido que existían tales restricciones. El hambre la había conocido; y cuando no había podido calmar su hambre, había sentido la restricción. La dura obstrucción de la pared de la cueva, el agudo empujón de la nariz de su madre, el golpe contundente de su pata, el hambre insatisfecha de varias hambres, le habían inculcado que no todo era libertad en el mundo, que para la vida había limitaciones y coacciones.