Al fin, el dios arrojó la carne sobre la nieve, a los pies de Colmillo Blanco. Este olió la carne con cautela, pero no la miró. Mientras la olía, mantuvo los ojos fijos en el dios. No pasó nada. Tomó la carne en el hocico y se la tragó. Siguió sin pasar nada. El dios le estaba ofreciendo en realidad otro trozo de carne. De nuevo se negó a aceptarlo de la mano, y de nuevo se lo arrojaron. Esto se repitió varias veces. Pero llegó un momento en que el dios se negó a arrojarla. La conservó en la mano y se la tendió con firmeza.
La carne era buena carne, y Colmillo Blanco tenía hambre. Poco a poco, con infinita cautela, se acercó a la mano. Por fin llegó el momento en que decidió comer la carne de la mano. No apartó los ojos del dios ni un instante, mientras avanzaba la cabeza con las orejas aplastadas hacia atrás y el pelo erizándose y encrespándose involuntariamente en su nuca. Asimismo, un gruñido ronco brotaba de su garganta como advertencia de que no toleraría bromas.
Se comió la carne, y no pasó nada. Trozo a trozo, se comió toda la carne, y no pasó nada. El castigo seguía demorándose.
Se pasó la lengua por el hocico y esperó. El dios siguió hablando. En su voz había bondad—algo de lo que Colmillo Blanco no tenía la menor experiencia. Y dentro de él despertó sentimientos que tampoco había experimentado jamás. Era consciente de cierta extraña satisfacción, como si se estuviera gratificando alguna necesidad, como si se estuviera llenando algún vacío de su ser. Luego volvió el aguijón de su instinto y la advertencia de su experiencia pasada. Los dioses eran siempre astutos, y tenían insospechadas maneras de lograr sus fines.
¡Ah, lo había pensado bien! Ahí venía ahora, la mano del dios, astuta para hacer daño, abriéndose paso hacia él, descendiendo sobre su cabeza. Pero el dios siguió hablando. Su voz era suave y tranquilizadora. A pesar de la mano amenazante, la voz inspiraba confianza. Y a pesar de la voz tranquilizadora, la mano inspiraba desconfianza.